Lima es la ciudad gris.
Después de un año y medio regresé a Lima. Esta vez el viaje duró muchísimo menos, fue casi relámpago y en medio de muchas actividades pendientes, por lo cual digamos que no se dio en medio de absoluto relajo y disposición 'antiestrés' como el último.
Cumplí con las actividades familiares pactadas y visité varios lugares, algunos de los cuales ya conocía, a otros regresé después de un buen tiempo y a otros los vi con absoluta familiaridad a pesar de haber pasado ya varios años desde la temporada que viví allí en una suerte de 'exilio voluntario' tras terminar el colegio.
Siempre me distrae viajar y trato de aprovechar cada momento del viaje. No puedo estar quieto o encerrado en un solo lugar. Las dos primeras noches me uní al horario de todos los demás. La última, luego de comer en grupo, me provocó el quedarme sentado en el Parque Kennedy, en pleno corazón de Miraflores simplemente para tomar aire y disfrutar un poco de la ciudad al menos por unos minutos ya que era muy tarde y debía viajar de regreso muy temprano.
La noté igual pero distinta. O quizás es la misma y el distinto soy yo.
Siempre ha sido gris, pero es un gris atrapante. La ciudad se sumerge en su propio mundo. Mas sin embargo la vi menos deslumbrante. Quizás esa no es la palabra adecuada. Creo que ... sencillamente podría decir que la sentí ajena. Sí eso es. Por primera vez, sentí que Lima no es mi ciudad. Qué irónico. He viajado tantas veces y es la primera vez que me pasa. No me refiero a haberme sentido incómodo. De hecho, si me sentí muy cómodo y hasta familiarizado. Simplemente reparé en que no es mi ciudad ni mi lugar.
Recuerdo muy bien mis impresiones de aquella vez en la que con solo un par de pequeñas maletas, llegaba a esa inmensa ciudad con la sola intención de estar en un lugar diferente. Tenía planeado estar allí por 20 días. Finalmente me quedé varios meses. Lima me enseñó mucho. También me sorprendió mucho. Puedo decir que en esos meses aprendí un poco de todo, probablemente mucho más de lo que aprendí en años acá. Allá la vida es similar pero agitadamente distinta. Y el olor al mar. El frío húmedo en invierno. Mis caminatas en soledad por las calles de San Borja. La lluvia menuda y ocasional en Julio. El ruido de la noche. Las estridentes luces de neón de los cientos de locales comerciales. La extroversión de la mayoría de sus habitantes. La hostigosa competitividad. La música de mi Mp3. La sensación de libertad. El sonido del helado y agresivo mar. Mi acogedora soledad. Llegué sintiéndome abrumado por esa enorme ciudad, pequeñito, invisible.
He regresado unas tres veces más. Las últimas sintiéndome 'parte de'. Situación que no ha cambiado. Pero ciertamente, ya no la siento inmensa, ni devoradora. Lima es una ciudad grande. Una buena profesora de la apertura de mente (con excepciones), del roce y decisión. Conviven en ella polos opuestos. Los ricos y los pobres. Lo bonito y lo feo. La respeto, pero no me da miedo. Su noche es atrapante, pero ya no me deslumbra. En ella se han quedado algunos de mis recuerdos. Quizás los rememoro al pasar por los lugares, pero hay en mi mente muchos más. Las situaciones se sobreponen unas a otras. Las vivencias hacen que pases etapas. Que dejes los recuerdos como lo que son, recuerdos, parte del pasado imborrable, pero al fin de cuentas pasado. Por mucho que te esfuerces, ya no vuelves a sentir lo mismo.
Mientras despegaba el avión por los cielos de la ciudad gris en la madrugada de un lunes, me despedía nuevamente de ella con la firme convicción de volver. Desde arriba se ve pequeña. En mi mente ahora también.
Regresé a mi ciudad un poco más relajado. Agotado por el viaje, pero contento de estar nuevamente acá. La vida nunca deja de ser emocionante. Lo asombroso del existir puede estar en la acción o gesto más simple. Aquella sensación que anima nuestros días puede llegar a ser la mirada o la sonrisa de la persona a la que amamos. No necesitamos ir mucho más allá. No necesito subirme a un avión, basta con andar a pie.
Las mejores cosas de la vida no son cosas. Al final de cuentas quizás no se trata de encontrar 'el lugar', sino de tener la certeza de que tienes a tu lado a 'la persona'. Tengo esa certeza.
Las mejores cosas de la vida no son cosas. Al final de cuentas quizás no se trata de encontrar 'el lugar', sino de tener la certeza de que tienes a tu lado a 'la persona'. Tengo esa certeza.










