No éramos ni aspirantes a un 'intermediate level' y sin embargo los dos sabíamos que estábamos allí por una gran y concisa razón.
Abstraídos en un mar de palabras en un idioma 'no materno' navegábamos puntuales por las olas de ese idioma extranjero que tan en serio lo íbamos tomando, tal vez sin habérnoslo propuesto al menos no de primera intención.
Y poco a poco sin presentarnos, sin introducción, nos fuimos conociendo. Ninguno claudicó, los dos llegamos a la meta y los últimos días la competencia se intensificó: y es que era él o era yo, no iban a darnos aquella invitación a los dos, solo a uno, al mejor.
Fueron cuatro semanas de palmo a palmo, de escalón a escalón, de empujón a empujón, de secretos conteos de los 35 anteriores puntajes para ir haciéndonos una idea del ponderado.
Y el público observaba expectante cada día de batalla.
Muy bien, la honestidad ante todo:Lo detestaba.
Lo detestaba por muchas razones. Por su absurdamente esponjosa memoria. Por su rapidez mental. Por su casi 'gringa' pronunciación, por su 'don de gente' (así se lo dijo alguna vez en público una cursi maestra), por su ñoñez al cumplir con absoluta reverencia hasta el más mínimo ejercicio dejado como tarea. Y por su cargosería al intentar resolver hasta su más pequeña duda.
Pero no solo por eso lo detestaba. Lo detestaba porque pese a todo lo anteriormente descrito no era un nerd, ni un 'fresa', ni un 'ñoño de biblioteca' ni un 'calculín de nacimiento', sino todo lo contrario. El típico 'socialité', por demás popular, amiguero, querido, amado, venerado, extrañado en sus casi inexistentes faltas, por su glamour (horrible palabra!). Ya está ... lo detestaba por perfecto. Y al diablo, también porque leía más que yo.
Y como lo imposible es siempre posible, la invitación nos llegó a los dos. Migramos de lugar los dos. Volvimos a competir los dos. Nos capacitamos los dos. Y nos detestábamos los dos. Llegó el momento de la 'verdadera competición'. Y como si el 'y' no fuera suficiente, se fijó en la misma chica que yo. Muy bien, acepto que primero él que yo. Acepto también que eran evidentes sus intenciones hacia ella cuando yo de pronto cambié mi invisibilidad y aparecí en escena malográndole el plan, interrumpiendo sus intentos de 'afán'.
Pero ella no se fijó en el brillo cegante de Mr. Perfect, sino en el comuncete Mr. Gray, ese que no era afamado ni les caía bien a todos, ni llamaba a la profesora para justificar sus millones de tardanzas, ni pronunciaba tan bonito, pero se fijó en él (vaya ironía!).
Y por primera vez Mr. Perfect no pudo emplear sus miles de fórmulas ni ninguna de sus miles de palabras encabezadas para poder impedirlo. Por primera vez no le funcionó su blanquita y propagandezca sonrisa. Aceptó con hidalguía (al césar lo que es del césar) el veredicto de la musa y bajando la cabeza se perdió bajo la intesa luz del sol.
La bella y Mr. Gray se toparon con él varias, muchas veces durante esos tres años. Mr. Perfect simplemente atinaba a lanzarme una mirada de ira cual promesa de una futura revancha.
Seguramente ambos imaginamos alguna otra oportunidad (algún día! algúuuun día!) en la que podríamos volver a desplegar nuestro arsenal, despertando un creciente e imaginario odio de recientes veinteañeros. Y a ver quién ganaría esta vez.
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EDAD MODERNA:
Y de repente un nublado lunes, al filo de una vereda nos vimos nuevamente.
Nos vimos las caras, los dos viejos adversarios. Y como si nada hubiera pasado, cual viejos 'patas del alma' todo lo que tuvimos para decirnos fue: Hola qué tal, ¿qué te cuentas? ¿cómo te fue?.
Eso pasó (aquí es cuando todos dicen plop!).
Quizás si se repitiera la escena de la época provenzal, ninguno de los dos se daría tantas molestias, ni haría tantos esfuerzos por conquistar a la musa. Quizás ya no estaríamos sentados en la misma clase esperando que el que la dictara pidiera voluntarios para la intervención oral, cual hienas hambrientas de poder y puntos extras. Quizás ahora ni siquiera levantaríamos la mano, se lo dejaríamos al resto. Quizás ya ni nos notaríamos como competencia. Quizás solo iríamos a ese salón, a aprender hablar inglés. Quizás ahora yo lo ayudaría con ella.
Quizás sea que a nuestra edad hayamos entendido que antes de destruír a su blanco, el rencor destruye primero a quien lo incuba. Quizás sea que estamos en un momento de la vida en el que no podemos darnos el lujo de perder el tiempo desatando otra carnicería humana.
En suma: quizás ya estamos grandecitos para estupideces de quinceañeras.
Desde este sábado trabajaremos juntos en el nivel avanzado de los teens y en la clase de ensayo de hoy, la dupla mejor no pudo haber funcionado. Andamos avanzando el plan de clase para dejar a los supervisores con la boca abierta. Ni siquiera me preguntó al inicio por el personaje de la remota época, simplemente y sin darnos cuenta le conté varias cosas mías y viceversa.
Luego llegó el momento:
- Y qué sabes de ella
- No mucho, me saludó en mi cumpleaños en Agosto y la vi un día caminando, solo espero que esté bien.
- Yo también la vi. Salimos hará unos dos meses en grupo.
- Y te sigue gustando?
- No lo sé.
- Harían buena pareja.
silencio ... segundos después estruendosas carcajadas de ambos.
Para ser verdaderos, los odios tienen que ser sostenidos, porque el odio que no es sostenido no es odio.
Y para ser absolutamente franco, en este momento tan y adictivamente blue... qué flojera ... el odio ... qué flojera!
Odiar? Qué es eso? Se come? Es un idioma? Cero glamour!
Qué flojera el odio cuando por dentro te rindes ante la posibilidad y cristalización de un escenario de quietud con atisbos de madurez que yo mismo siento que con éxito voy construyendo.
Y es que además, en realidad y poniendo la mano en el pecho... habría que reconocer con hidalguía que el odio siempre oculta un transfondo de genuina y contenida admiración o no?