Dicen que cuando los ángeles de cuatro patas se despiden de nosotros y con un suspiro dejan escapar su último adiós, atraviesan el Puente del Arcoiris. Al otro lado de este, se encuentran prados y colinas en los que pueden correr, jugar y disfrutar de su libertad.
Y es que hay espacio suficiente, comida, agua y sol para que todos ellos se sientan bien. De esta manera, nuestros pequeños amigos se encuentran contentos y satisfechos mientras juegan y corretean. Pasan sus días con absoluta diversión, ya nadie los reprende, no pasan días fríos y pueden comer lo que quieren.
Del otro lado del Arcoiris los perritos pueden vivir años de años sin sentir el menor peligro, la menor pena. Pero un día, de pronto, sienten que extrañan a alguien a quien dejaron al otro lado del Puente del Arcoiris. Entonces, se detienen y clavan su brillante mirada en el horizonte.
Sus cuerpos se estremecen y con gran emoción se separan del grupo corriendo velozmente. Ellos nos ven en la mitad del puente y entonces humanos y animales nos reunimos y nunca jamás nos separamos.
Saltan pesados sobre nosotros y nuestras manos no pueden más que acariciar a nuestro ángel de cuatro patas, nuestra criatura amada.
La leyenda del Puente del Arcoiris llena nuestro corazón de esperanza ante la pérdida de nuestros animales amados. Nos ayuda a comprender que cuando un animal se va de este mundo, permanece en nuestro corazón aunque no podamos disfrutar de su calidez físicamente.
Hoy hace un mes murió mi bella Lua, la he extrañado todos los días y me consuela saber que hice todo lo que pude para que sufriera lo menos posible. Me cuesta hablar al respecto y desde aquel día he tratado de evitar al máximo tocar el tema. Y es que he quedado con un extraño vacío de no tener a alguien a quien cuidar y cuando reparo en ello me entristezco más. Aquel día de Mayo pude despedirme de ella y Lua me regaló una movida de cola a pesar de su estado y agotamiento, una imagen que no podré olvidar.
Lua me acompañó ocho años y fue una perrita amada y feliz. Debe andar corriendo en las colinas detrás del Puente, haciendo travesuras y extrañando su casa de madera a la que acudía cada vez que tenía sueño, frío o hacía alguna travesura, osea casi todos los días.
Hasta siempre amiga mía, te quise mucho y tú a mi.
Lua me acompañó ocho años y fue una perrita amada y feliz. Debe andar corriendo en las colinas detrás del Puente, haciendo travesuras y extrañando su casa de madera a la que acudía cada vez que tenía sueño, frío o hacía alguna travesura, osea casi todos los días.
Hasta siempre amiga mía, te quise mucho y tú a mi.

