Hace algunas semanas vi en el cable una película que ya había visto antes pero no completa. Esta vez sí lo hice. Se llama 'Ana y el rey' algo antigua, estrenada en la década de los 90's.
Hoy en la mañana la vi nuevamente y la disfruté como la mayoría de los espectadores, dejándome llevar por sus matices y aprendiendo de sus enseñanzas a viva voz, pero sin rebuscar demasiado en sus confines, en busca de algún mensaje oculto. Siempre lo hago, desde hace varios meses de manera casi compulsiva, pero tengo desde hace unas horas unas intensas ganas de darle vacaciones indefinidas a mi siempre alerta rapidez mental y dejarme llevar simplemente por mis instantáneas sensaciones y mis más originales pensamientos.
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Quiero ser como el viento que pasa, como el agua que recorre, como las hojas que se dejan llevar por lo que se mueve a su alrededor, creo que mi más grande deseo actual es ser alguien así.
Ana es una institutriz británica, viuda, de la época victoriana que viaja hasta Tailandia contratada por el rey Siam, quien tiene como objetivo fortalecer a su reino mediante la educación y qué mejor manera que comenzando por sus 58 hijos (sí 58).
El primer encuentro entre ellos no es del todo agradable, pero ambos con el paso del tiempo se van fascinando. Las costumbres orientales chocan con la acostumbrada moral de Ana, pero poco a poco tanto ella como el rey se van enriqueciendo mutuamente.
Me llamó mucho la atención la sabiduría que ambos destilan a partir de una lógica personal muy genuina y ligera. 'Se dejan ser' a pesar de contraponer sus propias costumbres e ideas. Ambos distintos y chocantes pues cada uno lleva consigo una riqueza interior en su personalidad, pero el hecho de ser distintos los hace encajar en medio de las diferencias.
El rey no trata a Ana como una dama inglesa, sino como a una mujer que se va ganando su respeto y Ana no trata al rey como tal, sino como a un hombre con mucho que enseñar, pero con mucho que aprender también.
Es fascinante la escena en la que todos se inclinan ante la presencia del rey, todos menos Ana, porque siempre deja en claro que el rey es el rey, pero no su rey. Y el rey se encarga de dejar en claro que Ana es la institutriz inglesa, pero es para él sobre todo, una mujer llamada Ana, tan distinta pero semejante al resto de mujeres.
He ahí dos personas atraídas por su originalidad, por su casual pero determinante comunicación.
La película no termina con ambos viviendo felices y comiendo perdices, pero sí con ambos mirándose a la distancia y sabiendo que nunca olvidarían lo dicho por el otro y aquello porque más allá de pensarlo, es porque lo sintieron y porque lo que se siente es difícil de olvidar.
Tampoco queda claro si Ana alguna vez volvió al reino y es que quizás es al final lo menos importante. Tal vez sí y fueron felices o tal vez no e igualmente lo fueron.
Solo queda claro que mirándose antes de que aparecieran las letras finales, Ana miraba a Siam, sí aquel rey, pero ante todo un hombre y Siam miraba a Ana, sí una común institutriz inglesa, pero ante todo una mujer.
Y que en medio de la instruída sencillez de una y de la generosa habilidad de mando del otro, pasaban sus días flotando como el viento y sabiendo que en ese lejano reino, gracias a su encuentro, pudieron comprender que la sencillez y el sentimiento pueden llegar a ser las fichas precisas de un rompecabezas llamado amor.
Voy da darle unas buenas vacaciones a mi mente. Quiero que se deje llevar, con límites, pero entregándose a los días, al viento, al cielo, al rostro de quien quiero y no pensar y solo mirarlo porque me gusta, porque lo amo y no porque estoy pensando algo mientras lo hago. Se lo merece. Ya trabajó mucho.


