domingo, 4 de enero de 2026

VENEZUELA

 Esta madrugada, el presidente de Estados Unidos ingresó a Venezuela y tomó prisionero a su dictador. Nadie habla más que de eso, es el tema de conversación en todos lados.  Millones celebran la caída de aquel personaje siniestro y algunos pocos levantan la ceja y ven con recelo el accionar estadounidense ante la evidente violación de soberanía de una nación.

En redes los usuarios se pelean defendiendo su postura y hay ataques ideológicos de uno y otro lado. No solo allí, sino entre parejas, familias, amigos, todos tienen algo que decir.

En cuanto a mí y como muchas personas, mi corazón está más del lado de la izquierda que de la derecha. En las últimas elecciones nacionales he votado por alguna variación de ella. Pero así mismo descubro que lo que me separa de la izquierda oficial es el corazón.

Y es que mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó- Trump no despierta en mí ninguna simpatía- sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos, por lo profesionales haciendo de mil oficios en ciudades extranjeras. Por lo que murieron intentando un futuro mejor.

La izquierda visceral piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la injerencia y al final (muy al final) los venezolanos.

Entiendo el razonamiento, conozco la historia de las intervenciones. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría por todo el mundo y que siempre tienen un ‘pero’ listo antes que un abrazo.

Preferiría (obviamente), que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano, pero se (y la historia lo enseña) que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional.

Hoy los venezolanos celebran, las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creímos muerta, bien por ellos, al final de la tormenta debe salir el sol, aunque sea un atisbo de sol.

Y yo, que sigo siendo afín a la centro izquierda, precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.

Ya vendrán meses y meses para analizar, criticar, contextualizar, defender, levantar cejas y para los venezolanos la tarea de defender a su país de las evidentes intenciones estadounidenses. Pero hoy solo queda poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente , no de los mapas.