Esta madrugada, el presidente de Estados Unidos ingresó a Venezuela y tomó prisionero a su dictador. Nadie habla más que de eso, es el tema de conversación en todos lados. Millones celebran la caída de aquel personaje siniestro y algunos pocos levantan la ceja y ven con recelo el accionar estadounidense ante la evidente violación de soberanía de una nación.
En redes los
usuarios se pelean defendiendo su postura y hay ataques ideológicos de uno y
otro lado. No solo allí, sino entre parejas, familias, amigos, todos tienen
algo que decir.
En cuanto a mí y
como muchas personas, mi corazón está más del lado de la izquierda que de la
derecha. En las últimas elecciones nacionales he votado por alguna variación de
ella. Pero así mismo descubro que lo que me separa de la izquierda oficial es
el corazón.
Y es que mi primer
impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la
provocó- Trump no despierta en mí ninguna simpatía- sino por los millones de
venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por
las madres que no han visto crecer a sus hijos, por lo profesionales haciendo
de mil oficios en ciudades extranjeras. Por lo que murieron intentando un
futuro mejor.
La izquierda
visceral piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego
la injerencia y al final (muy al final) los venezolanos.
Entiendo el
razonamiento, conozco la historia de las intervenciones. Sé que Estados Unidos
no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo
entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria
que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría por todo
el mundo y que siempre tienen un ‘pero’ listo antes que un abrazo.
Preferiría (obviamente),
que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano, pero se (y la
historia lo enseña) que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión
internacional.
Hoy los
venezolanos celebran, las calles de Caracas se llenan de una esperanza que
creímos muerta, bien por ellos, al final de la tormenta debe salir el sol,
aunque sea un atisbo de sol.