sábado, 8 de junio de 2013

HAY GOLPES EN LA VIDA QUE YO NO SÉ ...


Una de las 'ventajas' de estudiar en un colegio mixto es que desde siempre nos sensibilizan a todos respecto al trato y tolerancia que debemos de tener con los demás, ya sean hombres o mujeres.

Por ello, para mí fue muy poco común ver peleas físicas protagonizadas por mis compañeros. Y por ello también, el haber golpeado a uno,  un día en que colmaron mi paciencia en mi entonces nuevo colegio, me significó un 'padeco' por parte del director.

Él era el típico 'bacancito' del salón, acostumbrado a tener como ovejas a la mitad de chicos de la clase (quienes eran otros bacancitos, pero súper sometidos, poco más y se le arrodillaban)  y a burlarse de la otra mitad. 

Ser por primera vez 'nuevo' en un colegio fue para mí una experiencia bastante peculiar. Entré en plan de querer explorar a las nuevas personas y especímenes que aparecían ante mis ojos. Recuerdo muy bien que el 'bacancito' se me acercó uno de los primeros días, en plan de patas y me explicó como funcionaban las cosas. Textualmente me dijo: 'Puedes estar en mi grupo, normal'. No me acuerdo qué le respondí, pero definitivamente hice lo opuesto.

No me uní a ningún grupo. Forme el mío. O mejor dicho, formamos el nuestro, un grupo mixto, con gente de por aquí y por allá. Donde no habían líderes ni sometidos, solo amigos con ganas de pasarla bien, con quienes viví varios años de mi adolescencia, varias 'primeras' experiencias (de las que seguro al recordarlas hoy por hoy nos deben parecer graciosas, osadísimas o hasta inocentes) y conservamos hasta ahora esa amistad.

El 'bacancito' no debió sentirse cómodo con mi presencia. Me llegó a detestar con todo su ser y quiso expectorarme. Intentó hacerse notar de mil y una maneras, pero yo siempre utilicé el mismo 'as bajo la manga', la indiferencia. Lo hice sentir chiquitito, invisible, no importante, inexistente.

Y como siempre sucede, la gente que se queda sin argumentos recurre a otras 'artes'. Y la guerra estalló. Palabras, frases, risas, burlas, comentarios todo todo contra mí. Y como siempre pienso, pero también siento, un día me desconocí y de un golpe bien dado, lo hice volar. Terminó en el suelo. Cada vez que recuerdo el momento (es que ha sido la única vez que he tenido que golpear a alguien de esa forma), recuerdo también su mirada, su rostro sorprendido, humillado, de odio y no puedo de dejar de sentir un poco de ese huracán de adrenalina que invadía mi cuerpo.


No volvió a intentarlo, entendió muy bien la lección.

Hasta que un día, en un partido de básket 'jugando' (porque se que fue intencional) me dio un puñetazo en el estómago. Su puño cerrado se estrelló con furia y por varios segundos me quitó la respiración, la vista se me nubló. 

Un guantazo como ese se queda reverberando para toda la vida. El cuerpo (en ese caso mi abdomen) se recompuso a los minutos o a las horas, pero una especia de magulladura se quedó cristalizada en la mente y en mi visión del mundo.

Supe entonces que no solo debía de saber defenderme, sino que además ... debía ser un peleador.

No me gusta la violencia física. Desde aquella vez felizmente no he tenido necesidad de utilizarla. 

Sin embargo, hay veces en que una corriente inflamada me visita el cuerpo debilucho que tengo, cuando me doy cuenta de que alguien quiere convertirme en el destinatario de su violencia o perversidad contenida. Seguidamente la mano me punza, se forma un nudo con mis dedos y me provoca entonces asestar un golpe mortal y desahogarme. 

Como ayer, cuando mi sorprendida amiga me pidió respirar y no nublarme. Supongo que se sintió culpable, porque sabe que normalmente no soy así y que si actué de esa forma es porque no me puedo quedar con los brazos cruzados viendo ese tipo de escenas. 

Todo fue sumando como una bola de nieve. Mis desventuras en la clínica, mi discusión con una de las docentes que dejó como saldo quedarme sin nota en una guía y una veintena de ojos viéndome sorprendidos ante mi inesperada reacción. La acidez de mi 'profesor' de inglés (del que ya hablé antes) y mi poca tolerancia ante las personas que se las quieren dar de interesantes como él. Y luego mi amiga levantándome la voz, diciéndome que no quería verme con un cigarro nunca más y tirando mi cajetilla (si no la levanté es porque me hubiera visto como un total adicto ... cosa que no soy). El reciente comportamiento de mi madre, con la que no suelo tener problemas, porque cada uno vive su vida, pero de solo verla tan intranquila me pongo ansioso yo también y ni siquiera se que es lo que le pasa (supongo que tampoco quiero saberlo).  El montonal de presentaciones que se vienen, mi próxima auditoría en el instituto...

...

Y ...luego el silencio,

como cuando absorbes un poco más del cigarro y lo dejas ir ...
así mismo,
dejando ir
todas las preocupaciones, todo lo que me molesta
y vi como de pronto la luz bañó mi corazón para dormir y poder empezar


de nuevo.


Y cuando desperté ahí estaba yo, relajado.

Vivo.

Me di cuenta que no desaparecieron 

las obligaciones ni los problemas,

pero ya no tenía los puños cerrados.

Magia.




Me gustaría hablar así tan bonito,

y poder transmitir tanto.