Hoy fue un día muy triste.
Murió el gatito de Vladimir, quien me llamó muy apenado en la mañana y la sensación no me abandonó el resto del día.
Fafa se había convertido en el protagonista de muchas de nuestras charlas desde aquellos meses en los que solo nos conocíamos por chat y para él representaba una constante compañía.
Hace unos meses lo conocí, un día en que se puso mal tras la mordida de una araña. Lo llevamos al veterinario y lo regresamos a casa durmiendo tras el tranquilizante que le dieron. Era un gato bien bonito. En su casa se acostumbraron a decirle 'La Fafa'. Y es que habían creído durante mucho tiempo que era hembra. Luego se enteraron de que era macho pero la costumbre pudo más.
Fafa como macho gatuno, se solía desaparecer algunas veces. Seguía su instinto pero se exponía al peligro. Ya había regresado una vez con la mordida de araña y su última desaparición tuvo un triste y cruel fin. Podría escribir mucho sobre ello, siento mucha rabia e indignación. Nuestro mundo cada día está peor.
Me mortificó el hecho que Vladimir me dijera en su llamada que 'todo lo malo se le junta'.
Lo llamé horas después y seguía muy triste. Nos vimos en la noche y lucía apenado. No es para menos. Comprendo perfectamente bien su sentir. Creo que ambos tenemos mucha conexión con nuestras mascotas y el hecho de dedicarles tantos cuidados y darles tanto amor, para que terminen yéndose de una forma violenta o totalmente inesperada nos termina dejando profundamente apenados, contrariados y con una intensa sensación de impotencia.
Traté de repetirle muchas veces que Fafa está ahora gozando de una sublime tranquilidad. Estoy convencido de que así es. Seguramente sentirá estos días su ausencia con mucha intensidad. Me conmueve mucho y me llena de ternura el saber cuán sensible es Vladimir en esos temas, en un tiempo en el que muchas personas hablan de los animales como seres sin importancia. Lo valoro demasiado.
TODOS LOS GATOS VAN AL CIELO
El paraíso de los gatos tiene lagos grandes, de aguas claras, es un campo llano, soleado, siempre soleado, lleno de árboles de verde follaje, con anchos troncos donde afilar las uñas.
A los gatos les encanta, corren al lado del agua y Dios los mira desde detrás de un árbol y sonríe.
Él da vuelta hacia afuera las nubes para hacer camas blanditas para los gatos y cuando están cansados de correr y maullar y de comer galletas de sándwich de salmón, encuentran una cama de nubes para dormir, entonces se acurrucan y duermen y ronronean.
En ese santo campo se reúnen diferentes grupos según su condición.
Nada más entrar encontramos a los más viejos, que por no andar más se les concedió este lugar privilegiado, allí duermen la mayor parte del día, conversan entre ellos, se cuentan sus vidas, sus años, hablan de sus amos, de los que les amaron, de los que les hicieron mal, siempre sin rencor, de sus compañeros gatunos de vida, de los que pronto esperan, de los que abajo se quedaron. Un gato más joven cuida de ellos, algunos se quedaron sordos, ciegos de viejitos, pero allí en ese cielo oyen y ven de nuevo, es la magia del lugar.
Un poco más adelante los callejeros. Ellos nunca tuvieron un hogar, sufrieron del frío, la lluvia, el hambre, algunos vivieron bien, otros no tanto, a ellos se les concede el privilegio del resguardo. Tienen una casita de felpa y pelo, aquí no pasan penas, la recompensa por su maltrecha vida por fin llegó.
En mitad del campo están los pequeños, o los más jovencitos. Tienen cientos de juguetes a su disposición, son los más traviesos, por eso están más alejados de los viejitos. Algunos encuentran a sus mamás, otros hacen nuevos amigos. Hay grifos de agua donde jugar y beber, cuerdecitas de las que tirar, cortinas por las que trepar, árboles de navidad y bolitas para todos lados.
El paraíso también está lleno de recuerdos. Por eso alguna vez un ángel llevará un gato de vuelta a la Tierra en una corta visita. Y silenciosamente, invisiblemente, él olfateará su antigua casa, observará a sus antiguos dueños, seguirá al niño hasta la escuela, se sentará en su cojín favorito y sonreirá. Cuando esté satisfecho de que todo está bien, regresará al paraíso.
Hay un viejo gato guardían que custodia el cielo de los gatos. Cuando llega uno nuevo, le acompaña hasta su sitio, según su condición, le explica que allí estará para toda la eternidad, que puede esperar a sus amigos que pronto llegarán, y a sus amos cuando vengan a recogerlo.
Así, el día en que morimos, primero hacemos una parada detrás del arcoiris. Entramos, preguntamos al viejo gato guardián, él nos indica y después de tantos años volvemos a reencontrarnos con nuestros amigos del alma, los abrazamos y podemos decidir entre dejarlos allí, con los suyos o llevárnoslos a nuestro lugar de destino.
Recuérdalo cuando vayas, no olvides parar detrás del arcoiris, allí estará tu gato esperándote, porque nunca se olvidó de ti, como tampoco tú lo hiciste.
Mientras, déjale una frase antes de dormir, él te escucha en su cielo.
