Lo primero que a muchos cristianos se nos viene a la mente en Jueves Santo es la imagen de Jesucristo, al lado de sus más queridos amigos, dedicándoles un gesto inusual: lavándoles los pies. Y nos podríamos quedar con eso. En una evocación, un gesto lejano, en un relato enternecedor.
Pero definitivamente su significado va mucho más allá.
Hoy se celebra la Eucaristía, que es simplemente el acto más asombroso y esplendoroso que podemos experimentar aquellos que tenemos Fe. Es la entrega en la mesa de la vida de Jesús. Es la crucifixión misma sobre mantel blanco convertida en alimento para quienes nos cuesta vivir. Es la ofrenda de su carne y de su sangre. De su martirio, y primordialmente, la muestra de su amor.
Dar la vida voluntariamente no es cualquier cosa. Es la demostración más grande de lo que un hombre puede hacer. Cuánto quisiera yo ofrendar mi vida por quienes amo. Cuánto quisiera tener la generosidad de Jesús.
Ya que no puedo, me queda al menos el sentido de la Eucaristía.
El amor se tiene que celebrar. Puede convertirse en pan humilde que calma hambres y soledades. La Eucaristía está para eso. Para que yo sea testigo y me quede alguito de su inmensidad: que el mismísimo Dios se haga hogaza tibia y nutritiva para atravesar desiertos y caminos sin luz.
Gracias Señor por ser pan del cielo traído a este mundo.
