Aprender que Dios es Dios. Aprender que hasta nuestro espíritu, que creíamos invencible, tiene un tope, es una tarea por emprender para todos los seres mortales. Tarde o temprano aprendemos la lección. Abajo se quedan nuestros envalentonamientos. Llega la cruz a nuestras vidas y cuando ya no podemos respirar, solo nos queda un poco de oxígeno para que precisamente esa voz apagada pueda apenas pronunciar: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.
¿Y qué viene después?
No, no es la muerte como muchos pueden pensar. Para Jesús no es el anuncio fúnebre de que se aproximaba el fin o que sus fuerzas se habían acabado. No. Jesús conocía de su poder y podría haber bajado de la cruz si lo quería, con solo mover su dedo meñique. Encomendarle su espíritu al padre fue una proclamación más de su evangelio. Era el anuncio de que una buena noticia se acercaba.
La noticia es simple: que Dios padre llega ciertamente ante el clamor de su hijo. Que Dios empieza a ser más Dios cuando el hombre termina de ser hombre y se deja a las manos de su creador. El amor de ese padre es presto. Apenas un hijo amado le dice que ya no puede más, él convierte el escenario de dolor y muerte en uno de esperanza.
En el momento más negro del Calvario, en el preciso instante en que aceptamos nuestra fragilidad y extenuación, en que tiramos la toalla de nuestra suficiencia, de nuestra escondida arrogancia, de nuestros estúpidos engreimientos, Dios nos recuerda delicadamente la próxima Resurrección.
Ahí, al final de la cruz, aparece la esperanza de que hay más vida después de eso que ha dejado de ser vida. Se abren los ojos ante la tormenta y aparece el padre de brazos abiertos, de dulce acogida para bajarnos de la cruz. Y así llega la luz.
Aunque andare en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno.
Salmo 23.
