lunes, 27 de mayo de 2013

SALTAR


Cuando tenía 10 años solía detestar con todo mi ser las clases de Educación Física. Y aunque el colegio en el que estudiaba ofrecía un programa bien estructurado de ese curso (módulos de atletismo, salto alto, salto largo, lanzamiento de jabalina, lanzamiento de bala, además de los deportes básicos), era para mí un completo estrés. En otras palabras, el curso odiado.

Siempre pensaba que no debería existir, que no deberían dictarlo, que debería ser opcional, pero eso nunca sucedía y siempre terminaba en el coliseo, corriendo y haciendo ejercicios hasta quedar tirado en el piso sin respiración.

Jamás participé de ningún taller, los cuales eran opcionales...felizmente.

Jamás hasta que un día el entrenador de básket del colegio entró a nuestro salón y escogió a unos 5 alumnos. Yo era uno de ellos. Me asusté demasiado, no quería saber nada con los deportes. Luego me tranquilicé, era cuestión de decírselo.

Nos hizo realizar una prueba. Jugué al propósito asquerosamente mal. Los nombres de los convocados para la nueva selección del colegio serían publicados en el periódico mural del curso. Días después se me ocurrió ir a curiosear y vi con espanto que ahí estaba anotado mi nombre. ¿Por qué? Hasta ahora no lo entiendo. En ese entonces, no era tan alto. 

Entrené básket por los dos años que continué allí. Y lo prolongué en mi nuevo colegio hasta que terminé. Nunca me gustaron los deportes, no me gusta el básket, lo detesto, nunca veo partidos en la televisión, pero es lo único que aprendí a jugar y creo que soy bueno. ¿Y si no lo hago por placer entonces por qué? Porque aprendí que ese juego me distrae, que estar en la cancha me relaja. Sí, aunque agotado, me siento irónicamente descansado. Y además deseado (en el buen sentido) porque aunque mis compañeros  rivales son posiblemente diez veces más resistentes y  veinte veces más corpulentos que yo, pues yo tengo algo que ellos adorarían tener: unos centímetros de más. No muchos, pero sobre todo en este deporte, cada centímetro vale oro, literalmente.

Tampoco soy un gigante, soy bien alto para el promedio peruano. Pero hace un par de meses en una exposición con ex jugadores de la NBA que hubo en la Universidad, me di cuenta de mi realidad y me sentí una cucaracha al tener que levantar la cabeza para verlos. (me chocó porque con las personas sucede lo contrario). En pocas palabras, ellos solo necesitan soplar para mandarme a un kilómetro de distancia. 

Ayer domingo, acepté la invitación de mi mejor amigo para recordar nuestros viejos tiempos (no jugábamos básket hace años) y fuimos al club Internacional. Todo estuvo bien, me reencontré con algo que no hacía hace mucho: SALTAR.

Salté mucho y salté bien. Pero en la noche me di cuenta de que debí calentar. Y en la madrugada maldecí no haberlo hecho, pues no pude dormir ni un solo minuto, ni tampoco pude hacer nada porque el dolor era constante y desgarrador.  Como resultado, esta mañana en la clínica me dijeron que tenía contracturada la zona dorsal y me tomaron una miografía para descartar un desgarro que me lo confirmaron poco después. Ahora ando vendado y sintiéndome un inútil. 

Lección? La inexperiencia o la falta de práctica te hace inútil y pasa factura. El no saber actuar te puede hacer parecer torpe o descuidado. 

SALTAR


Saltar es el momento cumbre, es el momento en el que te atreves a bloquear o a encestar. Y en el básket, una vez que te elevas no hay marcha atrás. Si saltas y luego retomas el boleo, entonces se considera falta. 

Yo tuve que aprender a decidir cuándo saltar. Primero lo pensaba mucho y me terminaban quitando la bola. Luego aprendí a tomar la decisión en pocos segundos. Y luego, con mucha práctica, ya no pensaba, solo lo hacía por instinto, por repetición, por reflejo. Algunas veces me equivocaba, muchas otras acertaba y el acierto se convertía en 'canasta' y por lo tanto en puntos. Entonces animarse a saltar valía la pena y era mejor que no hacerlo.

La vida es un poco como el básket. 

Te obliga a saltar.


Si es una situación que viviste antes, lo haces con confianza, usando tu instinto y tus reflejos.

Si es una situación nueva, te llenas de miedo, de inseguridad, porque sabes que una vez que te eleves, no habrá marcha atrás y los posibles resultados solo serán dos: acertar o equivocar.

Ayer la luna me dijo que debo saltar. Pero mis pies me advierten que no habrá marcha atrás. Y entre ambos sucesos me doy cuenta de una realidad. Por primera vez en mucho tiempo siento que dudo compulsivamente, no por lo que siento, sino por que no sé como diablos se hace esto.