Hoy he vivido una de las experiencias que me han conmovido más estas últimas semanas.
Estuve caminando por uno de los distritos de la ciudad. Su zona alta es una zona donde viven personas de bajos recursos, pero aún así se ve gente proactiva y empeñosa. El motivo por el que estuve ahí junto a una buena amiga de la Universidad es que necesitamos reunir pacientes para atenderlos como parte del internado de la Clínica Odontólogica de la Facultad en la que estudio el curso de Pre Grado de Odontología.
Bueno, algo cansados llegamos hasta un lugar en el que se podía observar, a la distancia, que el camino se elevaba hacia un cerro, donde viven decenas de familias. El cerro estaba algo lejos y nosotros íbamos en dirección contraria, estaba nublado, pero estábamos muy agotados.
El tema es que a la mitad de una cuadra vimos que una señora, una viejita les hablaba a dos mujeres que pasaban por allí, delante de nosotros. Y les pedía que por favor le ayuden a llevar una bolsa de mercado. Una de las mujeres tomó la bolsa, cruzó la pista y la dejó al frente y se fue junto a la otra. La viejita vio el lugar donde dejaron la bolsa y dijo que era más allá y en ese momento noté el motivo por el cual les había pedido ayuda a las mujeres. Caminaba muy despacito. Y en realidad viendo su estado resultaba difícil creer que había llegado hasta allí desde el mercado que por lo menos quedaba unas 8 o 10 cuadras más abajo. Era evidente que estaba cansada.
Nos conmovió tanto que mi amiga la tomó del brazo y le preguntó donde vivía. La viejta señaló una casa amarilla, en las faldas del cerro. Caminaba muy despacio, cuando menos la distancia recorrida por dos pasos míos, ella los recorría en medio minuto. Crucé al frente para recoger la bolsa y noté que pesaba. Sentí un nudo en el pecho y acordamos acompañarla hasta cerca a su casa, aún sabiendo que nos demoraríamos mucho tiempo.
Llegamos hasta mas o menos la mitad del camino luego de varios minutos en los que nos contó que le dolían mucho las piernas, las manos, que se estaba haciendo tratar en varios hospitales públicos, en uno de los cuales la trataban mal. También nos dijo que tenía 87 años y vivía sola. Que su esposo falleció el año pasado, que tiene un hijo, el cual vive en otra ciudad y viene a visitarla cada cierta cantidad de años. Y que para vivir cría conejos, los cuales vende una vez que han crecido. Ello explicaba las hierbas que cargaba en la bolsa y que había comprado en el mercado, lo cual hace interdiario porque los conejos deben alimentarse y porque compraría una mayor cantidad para no estar yendo tan seguido al mercado, pero no lo hace porque no podría con tanto peso.
Dijo que quería descansar, se sentó y le ofrecí llevar su bolsa hasta la puerta de su casa. Eso hice y nos despedimos de ella. Pero en el camino de regreso, la observamos caminando nuevamente y no pudimos más que ir donde ella y ayudarla a llegar hasta su casa. No paraba de agradecernos y lo hacia con tanta sinceridad y ternura que trataba de respirar profundo para que no se me salieran las lágrimas.
Llegando a la puerta de su casa, dijo que se quería sentar un ratito en la vereda para calentarse, le dolían mucho las piernas y los brazos. En ese momento vi que las asas de la bolsa del mercado le habían hecho heridas en sus manos, ella se sobaba. Tomé sus manos y traté de calentarlas. La hicimos entrar a su casa. Ella nos mostró contenta a sus conejos. Les dimos de comer.
Conversamos un poco más. Nos contó que habían noches en las que sentía mucho dolor y se dedicaba a rezar. Luego dijo: 'A veces le digo a Dios que creo que ya es mi momento. Uno de estos días me tocará. Pero si no me responde es porque aún quiere que esté acá'... y lo pronunció con tanta fe que me llenó de ternura y se me cayeron las lágrimas.
Ella vio eso y me acarició el rostro. Me dijo que Dios me iba a bendecir. Vio a Evelyn y me dijo que la cuide, que la quiera mucho, pensó que era mi enamorada. Le corregí entre risas que era mi amiga. Le dio risa. Y entonces nos contó que estuvo casada con su esposo más de 60 años. 'Me hace falta, no caminaba, yo lo cuidaba, pero era mi compañero', decía mientras nos enseñaba una foto en blanco y negro en la que ella y él aparecían jóvenes en una playa, ambos sonrientes. Y otra en la que ambos aparecían ya ancianos, sentados en el patio de su casa, tomados de la mano y como en la otra foto, también sonrientes.
Parecía una película y sí ... es la película de su vida.
Muy tristes nos despedimos y prometimos visitarla pronto. Ella nuevamente nos dio su bendición, nos agradeció y nos dijo que Dios nos colmaría de bendiciones.
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Estaré siempre contigo
así mi vista falle y mi andar se enlentezca.
Pero cuando llegue el día
así mi vista falle y mi andar se enlentezca.
Pero cuando llegue el día
en el que tú o yo, uno de nosotros se vaya
no por decisión propia, sino de Dios
quiero sonreír recordando tu rostro
con una sonrisa en él
y tu voz
y esos ojos que tanto me gustan
y lo feliz que era cuando estabas junto a mí
y esperanzado en que tú también lo hayas sido
teniéndome a tu costado.
y esperanzado en que tú también lo hayas sido
teniéndome a tu costado.

